Hay películas que hablan del amor y otras que utilizan el amor para hablar de algo mucho más profundo. Nada entre los dos, el nuevo largometraje de Juan Taratuto, pertenece a esa segunda categoría. Durante un viaje laboral, dos desconocidos —interpretados por Natalia Oreiro y Gael García Bernal— descubren una conexión que pone en crisis no sólo sus matrimonios, sino también la imagen que tenían de sí mismos. Lejos de la comedia romántica tradicional, la película se concentra en ese instante en el que una persona deja de reconocerse en la vida que construyó y comienza a preguntarse qué desea realmente. Mientras el director vuelve a explorar los pequeños acontecimientos cotidianos capaces de alterar una existencia, Oreiro construye uno de los personajes más contenidos de su carrera. Ambos conversan con PERFIL sobre la complejidad del deseo, los silencios, la incertidumbre y la necesidad de contar historias que comprendan a sus personajes antes que juzgarlos.
—La película parece partir de una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una persona descubre que la vida que construyó ya no alcanza para responder quién es? ¿Ese fue el conflicto que más te interesó de Mechi?
—NATALIA OREIRO: Creo que la vida consiste justamente en descubrir quién es uno. Ojalá cuando lleguemos al final podamos decir que finalmente nos encontramos. Mechi atraviesa una situación que la obliga a hacerse preguntas que quizás había dejado de lado. Tiene una familia, un trabajo, una vida armada, pero el encuentro con Guillermo la enfrenta a otra posibilidad y, sobre todo, a mirarse a ella misma. No creo que esos tres días sean solamente el descubrimiento de otra persona. En realidad son un camino para conocerse ella. Se pregunta si la vida que eligió hace veinte años sigue siendo la vida que quiere para el futuro.
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—En el cine actual aparecen cada vez más personajes femeninos que no buscan ser reivindicados sino comprendidos. ¿Sentís que la película dialoga con esa mirada?
—OREIRO: Nadie quiere ser juzgado. Creo que eso va mucho más allá del género. Pero también es cierto que históricamente a las mujeres se nos observa con otra lupa y se nos exige cumplir determinados mandatos sociales. Incluso frente a una infidelidad la vara no suele ser la misma para hombres y mujeres. Lo que me atrajo del proyecto fue precisamente la mirada de Juan. La película no juzga a ninguno de los personajes. Las cosas suceden más allá de lo que uno quisiera o de lo que los demás esperan. Muchas veces repetimos normas sociales como si fueran absolutas, hasta que la vida nos pone en una situación donde entendemos que todo es bastante más complejo. Ahí uno tiene que atravesar lo que le toca vivir y, sobre todo, ser fiel a sí mismo.
—Muchas de tus interpretaciones tienen una energía muy expansiva. Acá, en cambio, todo parece construirse desde el silencio.
—OREIRO: Eso fue totalmente una decisión compartida con Juan. Desde el principio hablamos mucho sobre el personaje. Mechi es una mujer que está al borde de explotar. La sobrepasa el vínculo con su hija adolescente, la relación con su pareja, un trabajo que ya no la representa. Pero justamente porque no logra expresar todo eso, termina guardándoselo. Cuando aparece Guillermo, en lugar de explotar, encuentra un espacio para observarse. Él funciona como un espejo. Aunque tengan vidas muy distintas, ambos atraviesan conflictos parecidos. Como no existe entre ellos ninguna obligación social ni familiar, Mechi puede relajarse y contemplar lo que le está pasando antes de ponerle palabras.
—En tus películas suele haber un hecho cotidiano que modifica por completo la vida de los personajes. ¿Es una constante de tu cine?
—JUAN TARATUTO: No sé si es algo consciente. Me interesa la pregunta porque también me obliga a pensarlo. Pero sí creo que siempre me atrajeron los acontecimientos ordinarios de la vida. No necesariamente grandes hechos extraordinarios, sino esas situaciones que pueden ser un nacimiento, una muerte, enamorarse o simplemente cruzarse con alguien. Son cosas que muchas veces aparecen sin aviso y terminan modificándonos profundamente. Las historias que me interesa contar tienen que ver con vidas bastante parecidas a las que conozco. Personas comunes, de clase media, atravesadas por conflictos emocionales que quizás parezcan pequeños, pero para quienes los viven resultan enormes.
—Las comedias románticas clásicas trabajaban sobre certezas. Hoy pareciera que las relaciones están atravesadas por la incertidumbre. ¿Cómo aparece ese cambio en la película?
—TARATUTO: (Ríe.) Estoy retirado de las relaciones… No sé si soy el indicado para responder. Lo único que puedo decir desde mi experiencia es que el amor necesita cierta certeza para poder construir algo. Siempre existe una parte desconocida en la otra persona y eso también mantiene vivo el vínculo. Pero a mí me interesa esa posibilidad de compartir un mismo deseo, de sentir que uno está mirando hacia el mismo lugar que el otro. Puede ser un fin de semana o toda una vida. Esa posibilidad de proyectar juntos sigue siendo importante.
—Reunís por primera vez a Gael García Bernal y a Natalia Oreiro, dos actores con recorridos y sensibilidades muy distintas. ¿La película cambió a partir de lo que ellos aportaron o llegaste al rodaje con una idea muy definida de quiénes debían ser esos personajes?
— TARATUTO: Siempre me causa gracia cuando se dice que el director tiene toda la película en la cabeza. Si supieran lo que uno tiene o lo que uno no tiene… Con los años entendí que esa incertidumbre forma parte del trabajo y que muchas cosas recién aparecen cuando llegás al rodaje. Hay algo que tiene que ver con el tono y que es imposible definir completamente de antemano. Depende de muchísimas variables: si ese día hay sol o no, cómo llega cada actor, dónde decidís poner la cámara. Sí llego con las escenas muy trabajadas y conversadas. Con Natalia pudimos reunirnos antes del rodaje; con Gael, que estaba en otro país, las conversaciones fueron virtuales. No pudimos ensayar, pero sí construir un código común.
—¿Qué termina descubriendo Mechi durante esos días?
—OREIRO: Que muchas veces el encuentro con otra persona no habla tanto del otro como de uno mismo. Ella se reconoce en ese espejo. Se permite hacerse preguntas que había dejado suspendidas durante años. Creo que eso nos puede pasar a cualquiera. Hay momentos en los que la vida nos obliga a detenernos y preguntarnos si seguimos siendo quienes queríamos ser o si simplemente continuamos viviendo una decisión tomada mucho tiempo atrás. No creo que la película proponga respuestas. Lo que hace es acompañar ese proceso sin condenar a nadie. Me parece que ahí está su mayor virtud. Taratuto coincide en esa idea de evitar las respuestas cerradas. Su interés sigue estando en los pequeños movimientos que transforman una existencia antes que en los grandes golpes dramáticos.
—TARATUTO: Me siguen interesando las vidas comunes. Personas que no parecen extraordinarias, pero que atraviesan conflictos que para ellas son enormes. Ahí encuentro las historias que quiero contar. Porque, al final, todos estamos expuestos a que un encuentro, una conversación o una decisión aparentemente mínima cambien el rumbo de nuestra vida.